Con frecuencia se debate sobre la importancia del desafío de la mujer en los distintos ámbitos, si realmente es importante plantar cara y defender su postura ante la del hombre. No son pocas las voces que reclaman tal postura, frente a otras que (dejando actitudes machistas y ancestrales aparte, pues no nos merecen ninguna consideración) piensan que las mujeres están suficientemente reivindicadas y puestas en el lugar adecuado dentro de la sociedad. Hoy ya (¡afortunadamente!) se han abandonado las posturas discriminatorias de antaño. Sirvan de ejemplos los siguientes: hurgando en papeles antiguos, encontramos un Libro de Familia de 1944 (tiempos felizmente superados) y en el apartado de las profesiones figura el marido como jornalero y la mujer tiene la “de su sexo”. Es decir, que entonces no había posibilidad de otra cosa: la mujer se dedicaba a las tareas de su casa y nada más y ni se pensaba remotamente que el hombre pudiera coger una escoba porque eso no era propio “de su sexo”. Ahí queda. En otra ocasión nos contó una profesora de universidad que en sus tiempos de estudiante (¡proeza por tratarse de los años cincuenta!) cuando el profesor hacía un chiste, levemente subido de tono, les rogaba a las escasísimas asistentes que se salieran o se tapasen los oídos. Eran tiempos en fin, felizmente superados, como decimos: hoy, en las facultades, el número de mujeres supera al de los hombre y las tareas domésticas se comparten (y si no es así, es algo que está mal visto) entre los miembros de la familia. Los tiempos han cambiado, insistimos, afortunadamente.
Sin embargo esta sesión de la Revista de Feria hemos querido dedicarla a la figura de la mujer. No es un capricho, ni una reivindicación exagerada, ni un tema que, por estar de moda, es políticamente correcto tratarlo; si nos centramos en la mujer es porque aún queda mucho camino por recorrer. La historia de la Humanidad siempre ha estado centrada en el hombre. La mujer parece como si no hubiera existido. Mannerl Mozart (1751-1829) fue una estupenda compositora de obras de piano y orquesta, fue profesora de música desde los diez años y desde los once concertista, era la hermana de Amadeus Mozart; de forma que por todos es conocida la genialidad del hermano y, sin embargo, ella ha estado siempre en el más absoluto de los anonimatos.
Traemos a colación este tema, decimos, porque creemos que todavía es oportuno recordar, e incluso reivindicar la labor de mujeres de las que nadie habla ni conoce, a pesar de su valía. Algunas, como es el caso de Mozart (Mannerl, claro) son injustamente ignoradas; otras, dedican sus vidas a los demás, a cuidar de los suyos. Podríamos hablar de grandes mujeres famosas, sin embargo, hemos preferido centrarnos en grandes mujeres anónimas.
“Si hubiese sido un hombre, qué lejos hubiese llegado”. Se escuchaba con frecuencia esta frase para alabar a determinadas mujeres. Los tiempos (infaustos) no les permitieron desempeñar una labor destacable en la sociedad, aunque estaban llenas de méritos.
Justo Navarro en un artículo de prensa (“Heroínas”, El País, noviembre, 2007) dice que las auténticas heroínas eran las mujeres de principio de los años 70, cuando tenían todo en contra, incluidas las leyes; de manera que una mujer no podía tener una cuenta bancaria, ni viajar sola… dice que aquellas feministas, que eran tenidas por locas y se merecían todos los desprecios, eran las auténtica heroínas, porque las mujeres de hoy, si aguantan una situación injusta, es porque quieren, porque hasta las leyes las tienen a favor. No obstante, no siempre es todo tan fácil. Hoy por hoy aún hay mujeres que sufren en carnes propias muchas situaciones de injusticias domésticas y la salida del problema la pueden tener complicada y los motivos pueden ser tan variados como difíciles de resolver. Mención aparte merece el maltrato, pues, afortunadamente, está perseguido y condenado por la ley, sin embargo es escalofriante el número de mujeres víctimas de la violencia machista.
Queda pues, mucho camino que recorrer, decimos. Sirva este artículo de ejemplo de solidaridad con todas las mujeres que, por una causa u otra, viven una situación injusta y con aquellas a las que destinamos este apartado que, llenas de generosidad y valentía, han dedicado sus vidas a los suyos.
Al final del precioso poema “Y Dios me hizo mujer” de Gioconda Belli, la poeta nicaragüense dice:
(…)
“Todo lo que creó suavemente
a martillazos de soplidos
y taladrazos de amor,
las mil y una cosas que me hacen mujer todos los días
por las que me levanto orgullosa
todas las mañanas
y bendigo mi sexo.
FILLITA

Entramos en casa de Setefilla Gómez García (Fillita la Antoñona) y nos encontramos a una mujer que en la cara refleja toda la bondad del mundo. Nos cuenta que, en los 74 años que tiene, no ha hecho más que cuidar de los demás. Su madre quedó muy joven viuda y no paró nunca de trabajar para sacar a sus cinco hijos adelante, una de ellos (Manuela) aún no había nacido. Así que ese espíritu matriarcal ya lo heredó Fillita de Mumachón (como cariñosamente llamaban a la abuela Encarnación). Fillita cuidó hasta el momento de su muerte a su madre. “Era la reina de la casa, mi abuela”, dice Encarnita, hija de Fillita. Pero antes le tocó cuidar de más familiares. Hemos de decir que a lo largo de nuestra charla, ella siempre se restaba méritos y se los añadía a los demás. De siempre tuvo tienda de comestibles, no cerraba ni los domingos y permanecía abierta durante todo el día: “!No pongas eso, a ver si me van a multar!” me dice graciosamente Fillita, por aquello de no respetar el horario comercial.
Ella cuidó a su tía Isabel, que vivía en la casa de al lado y no tenía hijos; pero además cuidó al marido de ésta (Juan Manuel), cuando su tía murió. Su hermana Remedios (y aquí cambia el gesto por el dolor que le produce recordar aquella desgracia) murió con 45 años, dejó viudo y dos hijos de 16, 14, y las niñas de 9 y 8 años. De todos se hace cargo ella. Además inculcó a sus sobrinos el cariño y respeto por su padre. Puede con todo: tienda, casa, familia…A las niñas de su hermana fallecida las cuidó como a sus propias hijas, o incluso más y mejor, si eso es posible; de su casa salieron para casarse y con sendas carreras hechas. “Mi madre lo daba todo por esos niños” nos dice Fillita (ya digo que esta mujer la generosidad la ha heredado), pero el trabajo era enteramente suyo.
“Fillita, ¿usted no salía de paseo, no se divertía?”, le pregunto. “Al cine de las cuatro (me contesta) y a la Feria iba con mis niñas. Pero poco, siempre tenía que trabajar”. A esto hay que añadir que, durante el tiempo que ha estado al frente del negocio, nunca ha discutido con nadie. Como su marido traía a diario tres panes y ella hacía embutidos, si llegaba alguien a su tienda que tenía necesidad, le daba pan y chorizo o “lo que pillaba”.
De manera que, dentro y fuera de la casa, es un ejemplo de generosidad y desprendimiento. Toda una vida dedicada a los demás. Ahora bien, hay que decir que la vida le ha compensado. Hoy vive felizmente con sus hijas que la cuidan y la adoran. “¿Usted está contenta con sus hijas” le pregunto “!Loca! [se apresura a contestarme] , con mis hijas, mis yernos y mis nietos y nietas. Mi Isabel Mª [su nieta] duerme todas las noches conmigo”. Nos alegramos, Fillita, de que en su vejez esté tan rodeada de cariño y atenciones. Se los merece.
CHARO CASTRO
Podría haber sido una artista de renombre y fama, pues canta de maravilla. Pero la vida no le presentó esa oportunidad. De todas formas nosotros, los loreños y loreñas, tenemos el privilegio de escucharla en las actuaciones (parroquiales, sobre todo) del Coro Nuestra Sra. de Setefilla.
Charo Castro Blanco es una mujer que vive entregada a su familia y cuidando a su madre de 97 años, que parece una virgencita de lo cuidada y limpia que la tiene. Rafaela Blanco (que así se llama la madre) a su vez cuidó de la suya y de su padre, además de una hermana viuda y sin hijos. Nos cuenta Charo que la vida de su madre fue muy sacrificada, pues tenían una casa muy grande, casa de las de entonces, que requerían tanto trabajo, y una familia extensa a la que cuidar. Fue, insistió, muy sacrificada.
“¿Has tenido alguna afición?”, le pregunto; “¡El cante, la canción española!” me contesta. Con 14 años cantó en el Cine Goya en una función benéfica. A los ensayos acudió Gracia Montes y le enseñó técnicas de expresión artística, es decir, a mover los brazos, a andar por el escenario, cosas, que por otro lado, nuestra paisana hace siempre con tanta maestría. Por entonces, nos cuenta Charo, Gracia vivía en Lora (en La Roda Arriba) pues estaba retirada de los escenarios. Para la citada función le prestó el traje que lució la cantante cuando estrenó “Será una rosa, será un clavel”. Así pues cuando ella cantó, Gracia, que se encontraba en la primera fila, no se cansaba de aplaudirle. Y no es de extrañar: pudo ser o, mejor dicho, es una artista excelente.
“¿Por qué no seguiste en ese mundo?” le pregunto, a lo que ella contesta con una voz queda, modulada como la de una soprano: “Porque no era mi destino, soy muy tímida y además mi padre era ‘rarillo’ para eso, pero no dio lugar a nada porque la ocasión no se presentó”.
En la actualidad, estudia Primero de Solfeo, y canta en el Coro, como arriba apuntaba. Apenas si tiene tiempo, pues debe cuidar de los suyos: primero fue de su padre que murió con 93 años y luego de su madre. Si falta una hora, deja al cuidado de su madre a su marido (Rafael Moya) que le sirve de inestimable ayuda. No puede apenas ausentarse de su casa, pero no le pesa en absoluto. “¿Te has planteado por qué llevas esta vida?” y ella contesta: “Todo lo que hago, lo hago de corazón, no me pesa. Sí lamento no haber estado en el nacimiento de mis nietos y nietas y luego haberlos disfrutado como todas las abuelas, sacándolos de paseo, etc, pero no me podía partir”. Apenas si ha tenido vacaciones: “En dos ocasiones estuve en Valencia, en la casa de mi hija y otra semana en Tarrasa, donde había vivido con anterioridad seis años”. Éstas han sido todas sus salidas, pero ella insiste en que no le pesa. “Yo le pido a Dios fuerzas y me las ha dado”
Dice que su madre siempre ha tenido obsesión con ella, que la ha querido mucho y ella, a su vez, también. Le habla casi en susurro. Nos dice “A veces le canturreo bajito y ella me dice ¡ole!”, pues OLE, te decimos nosotros también, Charo.
Asistimos a una conferencia en la Biblioteca Pública Municipal, organizada por la Concejalía de Cultura, para escuchar al novelista, poeta, dramaturgo y crítico de cine Vicente Molina Foix (Elche, Alicante, 1946). No deberíamos perder la ocasión de asistir a semejantes citas porque son, en su mayoría, de gran aprovechamiento y, como es este caso, gratas e incluso divertidas. El verano anterior leímos su novela El vampiro de la calle México (Anagrama). Aunque sabíamos de su forma de escribir por artículos periodísticos, era el primer libro que de él teníamos conocimiento. Quedamos bastante impresionados por su riqueza expresiva, su verbo fácil y sus amenas (y a veces intrincadas) historias que nos relata. Así que, cuando supimos que venía a la Biblioteca, allí que nos encaminamos con nuestro ejemplar para que nos lo firmara. Como ya queda dicho, nos resultó (en persona) un hombre afable, cercano y, por supuesto, muy interesante. Una vez finalizada su exposición, nos acercamos para la firma del ejemplar. He de decir que tardamos poco porque (desgraciadamente) en la sala no pasábamos de quince los allí presentes. Cuando le pedimos que nos lo firmara, preguntó, como es de rigor, por el nombre a quien iría dedicado y le dijimos que a Setefilla. Cuál fue nuestra sorpresa cuando nos mira con cara de asombro y nos hace una serie de preguntas referidas al nombre. En principio no nos extrañó porque toda la que así se llame, ya sabe que esto es lo común, es decir: ¿Qué quiere decir?, ¿de dónde es?, ¿sois muchas las que así os llamáis? etc, para acabar haciendo comentarios tales como que es raro, que es feo (¡) o, incluso, a veces se confunden (¿se confunden?) y nos llaman “Siestecilla” “Sietesillas” o incluso “Fierecilla”. Hasta aquí todo transcurre dentro de lo que es habitual. Pero, sin embargo, Vicente Molina Foix parecía tener un interés mayor, y parecía también que el nombre no le era, en absoluto, desconocido. A continuación nos contó que sabía de la existencia de una obra inédita de teatro de Luis Cernuda en donde aparece una criada que así se llama. A pesar de la premura del tiempo (debía coger su AVE de vuelta a Madrid), nos siguió preguntando por el origen del nombre y, en el poco tiempo que las prisas nos permitió, le hablamos de la Virgen de Setefilla y de su ermita. Posteriormente, por correo electrónico, le enviamos más datos sobre el nombre.

Transcurridos unos meses, hacemos la compra de libros de lectura del verano, cuando nos tropezamos con el recién publicado por Vicente Molina Foix: El abrecartas (Anagrama). Lo compramos y de inmediato inicié su lectura. Se trata de una obra epistolar en donde un tal Rafael González Sanahuja se cartea con nada más y nada menos que Federico García Lorca. Es un admirador del poeta y su paisano que quiere ponerse en contacto con él, comunicarle su admiración y congratularse por su éxito (corría el año 1926). Rememora su infancia común, sus juegos en Fuente Vaqueros, en la residencia de verano de la familia de Federico: la Huerta de San Vicente. Rafael era el niño pobre (“pero limpio”) que jugaba con Federico por las calles de su infancia. Hasta aquí todo transcurre dentro de los límites normales, pero cuál es mi sorpresa cuando en la página 23 leo lo siguiente: “Tú empezaste en la universidad, yo no, yo tuve que ponerme a trabajar de dependiente (…) para que mi madre, que hacía la cocina y de fregona en un restaurante y le subían muy malas varices por las dos piernas, trabajase un poco menos y no le pasara lo que a su hermana Seta, que con 44 años se quedó lisiada de lo mismo”. Primera sorpresa, pero sigo leyendo y descubro “Seta [¡No conoce el nombre abreviado!] dirás tú, qué nombre (…)”. El personaje además de una tía, tiene una prima que así se llama: “(…) mi prima Setefilla, otra hija única huérfana de padre, y en este caso no es que el padre hubiese muerto: dejó preñada a mi tía y luego si te he visto no me acuerdo. Así que mi tía Setefilla, la Seta primera, se vino de Lora del Río (que sevillanas, de Lora, son ellas, mi madre, mi tía y toda la familia) a Granada (…). Pues no me lo invento yo (…) hay una Virgen de la Setefilla con su ermita y todo por la parte de Lora del Río y a las niñas las bautizan así. Decía mi tía que lo de Setefilla era porque antes había allí Siete Villas muy grandes y prósperas, aunque a mí me parece que ella sólo se estaba dando pisto, como si el nombre curioso y tan bonito fuese lo único que la desgraciada mujer tuviera de bueno en la vida.”
Ahora los que ponen caras de sorprendidos somos nosotros: de manera que uno de los personajes de la novela se llama Setefilla, y que el nombre (¡cómo no!) empieza sorprendiendo y además (como siempre) debe darse una explicación de su etimología (aunque popular, eso sí). En el transcurrir de la novela, Vicente Aleixandre es uno de los personajes que se cartea con Setefilla y en la post data de una de sus cartas le comenta sobre su nombre: “Bonito y para mí no tan raro nombre el suyo, pues lo conocí hace casi diez años por un gran poeta sevillano hoy trasterrado, que quería introducirlo en alguna obra suya.”
Si el título de este escrito puede resultar pretencioso es porque realmente debe ser tenido por importante el nombre que tan cargado de historia está, cuestiones estéticas aparte. Como arriba queda dicho, sorprende por su rareza (¡hasta a Federico García Lorca hubo que explicárselo!), sin embargo representa la marca de identidad de este nuestro pueblo. Don Gerardo Torres Díaz en su artículo “El yacimiento tartésico de Setefilla” (Revista de Estudios Locales, Lora del Río, 1997) apunta lo que sigue: “El asentamiento más antiguo rastreado en la Mesa de Setefilla pertenece al Bronce Pleno (…). Hemos de aclarar que el nombre de Setefilla corresponde, originariamente, al de un topónimo, es decir así se denominaba el lugar donde hoy se encuentra la ermita. La advocación de la Virgen se remonta al siglo XIII: se tienen testimonios de limosnas ofrecidas a Santa María de Setefilla (en referencia a su lugar de ubicación) de forma que, seguramente la Iglesia Prioral de la época recibía culto a la representación de Santa María, entonces de la Encarnación y luego de Setefilla”.

Así pues, partimos de que el nombre hace referencia, originariamente, al lugar. “El nombre actual [recuerda Torres] deriva de su antigua denominación árabe. En el extremo norte del cerro son todavía visibles los restos de un castillo árabe, que Al-Idrisi, en el siglo XII, transcribe como castillo de Chant-Fila. En el privilegio rodado de Fernando III, que escribió en latín, se hace donación del castillo de Septefila. Hernando Colón en su Cosmografía de principios del siglo XVI lo llamaba de la Santofilla fortaleza; Rodrigo Caro titula de Siete Filla y Gúseme lo designa Sietefilla. Madoz, a mediados del siglo XIX, recoge la grafía actual y añade que el topónimo es anterior a la dominación árabe y hace resaltar que la adaptación castellana no tiene especial relación en su significado con el anterior topónimo aunque dio origen a la leyenda loreña de las “siete villas” o “siete hermanas”, que a su vez está en el nacimiento del culto setefillano.
Mª Dolores Gordón Peral, en su magnífico estudio filológico “El estrato prelatino en la toponimia de Lora: sobre el nombre de Setefilla” (Revista de Estudios Locales, Lora del Río, 1996), hace referencia a los muchos dolores de cabeza que ha provocado la transcripción al árabe del topónimo Chant-Fila extraño a tal lengua. Los arabistas continúan debatiéndose sobre la cuestión de la identificación del nombre citado con Setefilla. Se trataría de averiguar la voz que oculta la transcripción árabe Sant o Chant, provenientes de la forma Sit, correspondiente a la latina Sept-. Otra mención del nombre, ya en castellano, la encontramos en el siglo XII, cuando Alfonso VIII de Castilla se apodera del lugar (año de 1182). Es en los Anales Toledanos I donde se dice: “El Rey Don Alfonso entró con gran Huest en tierra de Moros e priso a Sietfila, era MCCCXX”. También figura varias veces en la Primera Crónica General con las formas Ssiete Filla, Siete Filla, Ssietefilla”.
La solución más fácil para interpretar el nombre sería pensar en una base latina:*SEPTEM FILIAM, que habría quedado sin diptongar según el tratamiento mozárabe: septem>sete, no así ocurre con el numeral septem que, siguiendo la evolución fonética castellana, deriva en siete; pero en el caso del nombre, la evolución fonética con la conservación de f- y la palatalización de li (>/l/), son comunes en tales hablas. Así pues si el nombre hace referencia a siete hijas, serían las referidas de forma metafórica a los conventus hispalenses: Celti, Axati, Arva, Canana, Naeva, Ilipa e Itálica. Ahora bien, si es así la motivación, resulta inexplicable una forma singular *septem filiam, cuando corresponde al numeral el nombre en plural filias.
José María Pabón, basándose en los indicios que de antigua población se han hallado en el lugar de Setefilla, dice que se trata de una de las necrópolis ibéricas más importantes de la Península y sugiere que Setefilla es la continuación del nombre primitivo de Axati, impuesto por los celtas. Santi, Siete, Sede semejan interpretaciones analógicas de un nombre desconocido, que bien pudiera ser de la antigua Axati. Quizá, apunta el autor, Setefilla significa “el llano de Axati”, por la explanada en que hoy se halla el santuario de nuestra patrona. De ser así, Setefilla reflejaría igualmente un tratamiento dialectal mozárabe, así como árabe en el cierre de la vocal a en e (A)xati>Sete.
De manera que se trata de un nombre cuyo origen se pierde en los entramados históricos y lingüísticos. El origen del asentamiento de Setefilla, según voces expertas, hay que buscarlo en el Bronce Pleno: época tartésica; asimismo debemos rastrear en pueblos prerromanos (celtas e ibéricos), con la más que posible etimología latina, para ser adaptada por los árabes y mozárabes. Es pues, de origen aún por definir de una forma definitiva. Se trata de un nombre que fue topónimo en su origen, que no hace más que reflejar la abundancia de culturas que en estos lugares habitaron.
¿Es importante, añejo e histórico el nombre de Setefilla? ¿merece ser conocido? Creemos que sí. Y por ende, hoy representa el nombre de nuestra patrona. En El abrecartas, en una carta de Rafael (primo a la sazón de Setefilla) a Lorca le dice “(…) pues Seta, Setefilla, con ese nombre de virgen campesina, estudió magisterio”. De manera que virgen campesina… más bien serrana, diríamos nosotros (La Serranita Hermosa). Pero debemos considerar estos apuntes como parte integrante de la génesis de la novela. En ningún momento se ha dicho que la obra haga referencia a hechos históricos reales. “Hay un permanente juego [apunta el autor] entre la Historia, con mayúscula, de España y las historias, en minúsculas, de personajes que estaban en la foto, pero que no tenían cara conocida".
Más de treinta protagonistas, algunos con más relevancia que otros, desfilan a lo largo de las páginas de El abrecartas con nombres reales como Eugenio D’Ors, Rafael Alberti, María Teresa León, Ortega y Gasset, Miguel Hernández, Carlos Bousoño, Josep María Castellet, mezclados con otros ficticios como Setefilla Romero. Uno de los personajes que ocupa un mayor espacio en esta novela es el premio Nobel Vicente Aleixandre, del que Molina Foix fue amigo personal en los últimos años de su vida, y del que desvela, por primera vez, la relación de amor que mantuvo con Andrés Acero, a principios de los años treinta.
De manera que mezclándose en el enredo de los tiempos difíciles de Guerra Civil y posguerra, Setefilla Romero conduce la trama argumental (o buena parte de ella). Para reivindicar la figura literaria de su primo, se pone en contacto con Miguel Hernández y Vicente Aleixandre. En el universo literario nos imbuimos de un paseo por la historia de este país de mano de tan ilustres personajes (entre otros). A los que tanta admiración sentimos por ellos, no deja de impresionar la pintura que se nos hace: la humanidad, el compromiso político, la genialidad de Hernández (“Que se derrame a chorros el corazón de lana/ de tantos almacenes y talleres textiles,/ para cubrir los cuerpos que queman la mañana/ con la voz, la mirada, los pies y los fusiles.” Recita a los soldados en el frente) y la benevolencia, sentido de la amistad y lealtad de Aleixandre. Y, en medio de todo ello, vemos impreso el nombre de SETEFILLA. El personaje podría llamarse de otra forma, y seguir siendo el libro igualmente interesante, pero si además tiene este nombre, que tanto nos identifica, la sensación que se experimenta es doblemente emocionante.
El abrecartas ha sido Premio Nacional de Narrativa el pasado año y distinguida con otros dos premios: el Salambó (concedido por el gremio de escritores) y el Arzobispo Juan Clemente (otorgado por estudiantes de instituto de Galicia). «Que una obra tuya guste a un público joven es una sensación muy grata, es como una especie de rejuvenecimiento interior», subrayó Molina Foix. Así pues, unimos el sentimiento de satisfacción de ver nuestro nombre impreso en un libro de un autor de tanto renombre, con el de desarrollarse en un marco histórico, cultural y literario de esa categoría. ¡Ah, la grandeza de la creación literaria!
Textos DESTACADOS (ladillos)
“Pues no me lo invento yo (…) hay una Virgen de la Setefilla con su ermita y todo por la parte de Lora del Río y a las niñas las bautizan así”
“En el extremo norte del cerro son todavía visibles los restos de un castillo árabe, que Al-Idrisi, en el siglo XII, transcribe como castillo de Chant-Fila”
Se trata de un nombre que fue topónimo en su origen, que no hace más que reflejar la abundancia de culturas que en estos lugares habitaron.
El personaje podría llamarse de otra forma, y seguir siendo el libro igualmente interesante, pero si además tiene este nombre, que tanto nos identifica, la sensación que se experimenta es doblemente emocionante.