LA MUJER EN LA LITERATURA DE TRADICIÓN ORAL

Noviembre 26th, 2008

De la literatura de tradición oral sobra decir que forma parte fundamental del acervo cultural de un pueblo. La transmisión de las canciones, refranes, recitaciones, etc, es algo que se pierde en la memoria de la Humanidad. Es de especial interés para el conocimiento antropológico (que no ya sólo literario) de un lugar el saber de su cancionero tradicional. El Romancero ha sido durante siglos el eje fundamental del mencionado cancionero. Para Menéndez Pidal, cualquier viajero que quiera conocer España debe traer en su maleta un Quijote y un Romancero (Flor nueva de romances viejos, Anaya).

Hace ya algunos años, en contacto con la Facultad de Filología de Sevilla me inicié en el estudio de la tradición oral literaria, y me centré en la de Lora del Río. Cuando recorres las calles, grabadora en mano, te adentras en las casas y te cantan o recitan, descubres cosas de tu propio pueblo que, a veces, llegan a sorprenderte. También por aquellos años, recibí una beca de la citada Facultad para trabajar un verano con la Cátedra Seminario Menéndez Pidal de la Universidad Complutense de Madrid. Durante ese tiempo, además de las pertinentes clases teóricas de tradición oral, anduvimos por tierras de Castilla y León, recogiendo romances de aquellos lugareños. Tuve la oportunidad de comparar in situ las semejanzas y diferencias entre dos lugares alejados; así pues, hay muchos temas recurrentes que se repiten, no sólo dentro de la tradición literaria española, sino en la de otros muchos países; pero también es cierto que se producen cambios (o variantes) muy significativos, entre unos y otros informantes, que no hacen más que corroborar la idiosincrasia de cada pueblo.

Si nos adentramos en el estudio del corpus de canciones (romances, canciones de rueda, refranes, canciones de cuna, canciones de murgas, etc), hay un tema del que no podemos escapar: no sólo por ser tan recurrente, sino también por la evolución (esperamos y deseamos) que de ello se ha hecho: se trata del papel que desempeña LA MUJER. Vaya por delante que un análisis crítico que se haga de cualquier momento histórico, enmarcado dentro del universo literario, debe hacerse con la perspectiva de la época. Quiere esto decir que desde aquí no pretendemos hacer un barrido aniquilador con nuestra tradición literaria, pues, como digo, cada momento histórico debe ser adecuadamente contextualizado.

Si hacemos un repaso por las canciones tradicionales en donde aparecen mujeres, es lo más habitual que sean astutas, infieles, manipuladoras, malas suegras, malas hermanas, pero sobre todo desvalidas, que deben ser protegidas siempre por el varón y, por tanto, incapaces de decidir por sí mismas. Sirvan de ejemplos estos romances:

“La doncella guerrera”: De este romance poseemos una joya literaria cantada por una informante loreña. Se trata de un hombre que se maldice por no tener hijos varones y una de sus hijas decide disfrazarse de varón para dejar en buen lugar el honor de su padre e ir a la guerra: El rey ha echadito un bando/ desde Francia hasta Aragón / que pierda la vida entera /el que no tenga un varón. De manera que ella consigue ir a la guerra y vencer múltiples obstáculos (debe cortarse el pelo, ponerse un sostén ajustador, no bañarse con la tropa, etc). Es, en fin, una renuncia de la identidad femenina de la pobre muchacha para dar contento a su padre. No obstante, el hijo del rey se enamora de ella (Ay madre, querida madre/ que yo me muero de amor/ que el caballero don Martos/ es hembra que no varón), ella queda rendida en sus brazos y, por supuesto, se dedicará a tareas más propias de su condición.

En ocasiones la crueldad masculina raya cotas increíbles. Así en “El cura y la penitencia”: Un cura que dice misa / en la iglesia del Pastor/ se enamoró de una niña/ desde que la bautizó. En este caso, la niña es huérfana y en cuanto mueren sus padres (siempre presente el elemento protector) el cura abusa de ella. Hemos de decir que el Romancero, en general, es bastante anticlerical (excepción hecha de los de tema puramente religioso, que, desde luego no abundan), no es raro encontrar al cura que pretende abusar de la barragana o de la sacristana: Estaba el curita/ malito en la cama/ a la media noche/ llamó a la criada. En este caso la criada pone las condiciones y rechaza al curita lascivo. Sin embargo, estos temas de tan marcado anticlericalismos no lo encontré nunca cantados en Lora, ni tan siquiera se tiene conocimiento de su existencia.

No ocurre lo mismo con el tema de la fidelidad. Así que, en lo que él va a la guerra, (Antoñico el novio de Pilar, conocidísimo en Lora) la mujer se queda guardando su ausencia. La casuística varía: La dama puede serle muy fiel, como ocurre en el romance “Señas del marido”: - Soldadito, soldadito/ de qué guerra viene usted /- De la guerra de Melilla [variante según el momento] /qué se le ha ofrecido a usted. Ella le pregunta por su marido y él, que desde el principio la reconoce, no hace más que ponerla a prueba para comprobar su fidelidad. Prueba que queda con creces superada. Este romance es sobradamente conocido dentro de nuestro romancero local. No obstante, no siempre la mujer es tan decente y aparece la desvergonzada que aprovecha la ausencia del marido para serle infiel. Este es un tema frecuente en nuestra literatura, no hay más que comprobarlo en el Libro de buen amor y el episodio de don Pitas Payas. La mujer adúltera tiene “conocimiento” con un joven que borra el corderito que su marido (pintor a la sazón) había dibujado en su vientre. Igualmente, la joven casada entabla “conocimiento” con un joven cebollinero: Por la calle de Alcalá/ pasea un cebollinero/ vendiendo su cebollino/ por Dios y por el dinero. La joven recién casada se asoma al balcón para invitar al vendedor. El romance está plagado de un lenguaje con doble sentido.

Si es frecuente la aparición del tema de la mujer adúltera, no lo es menos el de la mujer desdeñada. El hombre no figura como adúltero sino que el Romancero se recrea en la desesperación de la pobre mujer que es abandonada, desvalida y, por tanto, se queda su vida sin sentido. En “La pobre Adela”, por ejemplo: Una niña muy guapa / llamada Adela/ por el amor de Juan/ se hallaba enferma. Tanto es así que la pobre Adela encuentra la muerte en brazos de su madre, porque su amor desde niña se había marchado con su amiga Dolores (otra vez, la mujer malvada). El Romancero está lleno de ejemplos de escenas melodramáticas y truculentas, porque es muy del gusto del público. En Lora, en particular, la mayor parte de los temas recogidos presentan esta característica. A veces la mujer se arma de valor y se echa a los caminos a buscar a su marido que previamente la ha abandonado: Grandes guerras se publican/ entre España y Portugal/ y al Conde Flores lo llevan/ de capitán general. El Conde debe marchar a la guerra y dice a la condesa que si a los siete años no vuelve, ella se puede casar. La mujer desoyendo a su padre que le insta a que lo haga (¡debe ser mantenida y recogida!), se disfraza de romera y sale a buscarlo, lo encuentra cuando está a punto de casarse con otra; pero él, convencido (¿) del amor por su primera mujer, se vuelve con ella. En este caso, aunque presenta matices de mujer desamparada, aparece una característica novedosa: su arrogante valentía.

Pero, insistimos, es mucho más frecuente la figura de la mujer desamparada que necesita siempre del varón protector: “El día [la noche, en nuestra versión] de los torneos”, de origen medieval, según Menéndez Pidal y procedencia germánica (Revista de filología española): La noche de los torneos/ pasé por la Morería/ había una mora lavando/ al pie de una fuente fría. El caballero cree encontrar a su amor, en tierras de moros, en la cristiana cautiva y resulta ser su propia hermana. Es mucho más dramático y conmovedor el romance de “El rey Tamar”: El rey moro tenía un hijo/ que Tarquino se llamaba [Tranquilo, en nuestras versiones] / se enamoró de Altasmares/ siendo su querida hermana. El tema del incesto no es de los más frecuentes en el Romancero de Lora, pero éste sí es conocido. La pobre muchacha cae enferma en la cama, pero Tranquilo “la consigue”, y lo hace con el consentimiento de sus propios padres. La versión recogida en Lora dice al final: Y al cabo de los nueve meses/ pasó lo que se esperaba/ y de nombre le pusieron/ hijo de hermano y hermana.

“Los hermanos huérfanos”, que es relativamente reciente, recoge la historia de dos hermanos que emigran a Cuba, primero él y luego lo hace ella para encontrarse con su hermano. Al verla tan guapa y no reconocerla, intenta propasarse, pero ella lo detiene aludiendo al honor ofendido y refiriéndose a su hermano como salvador del mismo: Eran dos hermanos huérfanos/ criados en Barcelona/ el niño se llama Enrique/ la niña se llama Lola.

Uno de los más difundidos por España, y más conocido en Lora es el Romance de “Girineldo”. La edición más antigua que se conoce es la de un pliego suelto de 1537:
- Gerineldo, Gerineldo/ Gerineldito querido/ quién pudiera estar esta noche/ un par de horitas contigo. Estas palabras “tan osadas” son pronunciadas por la hija del rey, el caballero no la cree, pero al comprobar que es verdad, “la visita” de noche. Se quedan dormidos y son despertados por la espada del rey, que sirve de testigo de que han sido descubiertos. Para Menéndez Pidal la espada es expresión de un imposible deseo de proteger a su hija y a la vez como acusación y amenaza. El desenlace varía según las versiones, en el Romancero loreño se opta por la versión más feliz y chistosa (burlándose de la mujer con cierta retranca), así que, después de mucho meditar, el rey se debate entre matar a su hija (dejo mi reino perdido) o matar a Gerineldo (¡que lo crié desde chico!), pero muy sabiamente decide casarlos y dice a Gerineldo al final como sentencia: El castigo que te doy/ no te doy otro castigo/ que ella sea tu mujer/ y tú seas su marido.

Esta pequeña muestra de romances en donde, de alguna manera, aparece la figura de la mujer, nos hace reflexionar en varias direcciones. Como queda dicho arriba, no es nuestra intención eliminar el patrimonio cancioneril en aras de una visión más justa, menos machista y actual de la mujer. En el terreno educativo se pone esta cuestión de manifiesto: ¿es aconsejable para nuestro alumnado que sigan conociendo este tipo de textos? No ya sólo en el área romanceril, también en otros muchos subgéneros literarios como el cuento, por ejemplo, debemos cambiar la visión de la mujer, debemos educar en igualdad y desdeñar, por tanto, estas actitudes tan obsoletas que no nos benefician en nada. Bronwyn Davies, profesora de la Escuela de Educación de Western (Sydney, Australia), experta en género y coeducación ha escrito un cuento titulado La princesa de la bola de papel en donde se invierten los papales y es la chica la valiente salvadora del muchacho. Éste no deja de ser uno de los muchos ejemplos que en esta dirección se está trabajando.

La educación en igualdad forma parte de los valores que a nuestro alumnado debemos transmitir. Si partimos de la idea de que alumnos y alumnas tienen los mismos derechos educativos, es una responsabilidad de obligado cumplimiento proporcionar a unos y otras una educación centrada en las necesidades e intereses de ambos colectivos, teniendo en cuenta su proceso de socialización. Encontramos en la tradición oral un campo muy interesante de análisis sobre el papel que a lo largo de la historia ha desempeñado la mujer. La tradición oral de un pueblo es parte integrante de su idiosincrasia.

La experiencia docente nos dice que es un trabajo que, llevado a cabo con el alumnado, sirve de motivación importante para el conocimiento de su propia cultura, entorno, pueblo, en definitiva. Con frecuencia hemos usado los verbos en tiempo presente (“conocen, se canta…”) para referirnos al Romancero de Lora; sin embargo, diremos que, por desgracia, debemos usar el tiempo pasado, pues el romancero se pierde, desaparece, ya que las informantes loreñas (uso el femenino, porque son mujeres la mayoría) o son muy mayores o han fallecido. Si desde la Edad Media (en algunos casos) hasta finales del siglo pasado, el romancero se ha ido transmitiendo, cantando de generación en generación, hoy difícilmente es conocido. Cuando empecé a trabajar en esto, ya me decía mi director de tesina que me diese prisa, que se nos mueren las abuelitas, y así es. Pero esta cultura que ha emanado del pueblo y que forma nuestro acervo cultural, que dice de nuestra propia idiosincrasia, que nos identifica, al fin y al cabo, debe perdurar y ser conocida entre las generaciones venideras, aunque, eso sí, dotándolas de instrumentos de reflexión crítica para que todas estas canciones sean debidamente contextualizadas.

Generosidad Femenina

Octubre 3rd, 2008

Con frecuencia se debate sobre la importancia del desafío de la mujer en los distintos ámbitos, si realmente es importante plantar cara y defender su postura ante la del hombre. No son pocas las voces que reclaman tal postura, frente a otras que (dejando actitudes machistas y ancestrales aparte, pues no nos merecen ninguna consideración) piensan que las mujeres están suficientemente reivindicadas y puestas en el lugar adecuado dentro de la sociedad. Hoy ya (¡afortunadamente!) se han abandonado las posturas discriminatorias de antaño. Sirvan de ejemplos los siguientes: hurgando en papeles antiguos, encontramos un Libro de Familia de 1944 (tiempos felizmente superados) y en el apartado de las profesiones figura el marido como jornalero y la mujer tiene la “de su sexo”. Es decir, que entonces no había posibilidad de otra cosa: la mujer se dedicaba a las tareas de su casa y nada más y ni se pensaba remotamente que el hombre pudiera coger una escoba porque eso no era propio “de su sexo”. Ahí queda. En otra ocasión nos contó una profesora de universidad que en sus tiempos de estudiante (¡proeza por tratarse de los años cincuenta!) cuando el profesor hacía un chiste, levemente subido de tono, les rogaba a las escasísimas asistentes que se salieran o se tapasen los oídos. Eran tiempos en fin, felizmente superados, como decimos: hoy, en las facultades, el número de mujeres supera al de los hombre y las tareas domésticas se comparten (y si no es así, es algo que está mal visto) entre los miembros de la familia. Los tiempos han cambiado, insistimos, afortunadamente.
Sin embargo esta sesión de la Revista de Feria hemos querido dedicarla a la figura de la mujer. No es un capricho, ni una reivindicación exagerada, ni un tema que, por estar de moda, es políticamente correcto tratarlo; si nos centramos en la mujer es porque aún queda mucho camino por recorrer. La historia de la Humanidad siempre ha estado centrada en el hombre. La mujer parece como si no hubiera existido. Mannerl Mozart (1751-1829) fue una estupenda compositora de obras de piano y orquesta, fue profesora de música desde los diez años y desde los once concertista, era la hermana de Amadeus Mozart; de forma que por todos es conocida la genialidad del hermano y, sin embargo, ella ha estado siempre en el más absoluto de los anonimatos.

Traemos a colación este tema, decimos, porque creemos que todavía es oportuno recordar, e incluso reivindicar la labor de mujeres de las que nadie habla ni conoce, a pesar de su valía. Algunas, como es el caso de Mozart (Mannerl, claro) son injustamente ignoradas; otras, dedican sus vidas a los demás, a cuidar de los suyos. Podríamos hablar de grandes mujeres famosas, sin embargo, hemos preferido centrarnos en grandes mujeres anónimas.

“Si hubiese sido un hombre, qué lejos hubiese llegado”. Se escuchaba con frecuencia esta frase para alabar a determinadas mujeres. Los tiempos (infaustos) no les permitieron desempeñar una labor destacable en la sociedad, aunque estaban llenas de méritos.

Justo Navarro en un artículo de prensa (“Heroínas”, El País, noviembre, 2007) dice que las auténticas heroínas eran las mujeres de principio de los años 70, cuando tenían todo en contra, incluidas las leyes; de manera que una mujer no podía tener una cuenta bancaria, ni viajar sola… dice que aquellas feministas, que eran tenidas por locas y se merecían todos los desprecios, eran las auténtica heroínas, porque las mujeres de hoy, si aguantan una situación injusta, es porque quieren, porque hasta las leyes las tienen a favor. No obstante, no siempre es todo tan fácil. Hoy por hoy aún hay mujeres que sufren en carnes propias muchas situaciones de injusticias domésticas y la salida del problema la pueden tener complicada y los motivos pueden ser tan variados como difíciles de resolver. Mención aparte merece el maltrato, pues, afortunadamente, está perseguido y condenado por la ley, sin embargo es escalofriante el número de mujeres víctimas de la violencia machista.

Queda pues, mucho camino que recorrer, decimos. Sirva este artículo de ejemplo de solidaridad con todas las mujeres que, por una causa u otra, viven una situación injusta y con aquellas a las que destinamos este apartado que, llenas de generosidad y valentía, han dedicado sus vidas a los suyos.
Al final del precioso poema “Y Dios me hizo mujer” de Gioconda Belli, la poeta nicaragüense dice:

(…)
“Todo lo que creó suavemente
a martillazos de soplidos
y taladrazos de amor,
las mil y una cosas que me hacen mujer todos los días
por las que me levanto orgullosa
todas las mañanas
y bendigo mi sexo.

FILLITA

Entramos en casa de Setefilla Gómez García (Fillita la Antoñona) y nos encontramos a una mujer que en la cara refleja toda la bondad del mundo. Nos cuenta que, en los 74 años que tiene, no ha hecho más que cuidar de los demás. Su madre quedó muy joven viuda y no paró nunca de trabajar para sacar a sus cinco hijos adelante, una de ellos (Manuela) aún no había nacido. Así que ese espíritu matriarcal ya lo heredó Fillita de Mumachón (como cariñosamente llamaban a la abuela Encarnación). Fillita cuidó hasta el momento de su muerte a su madre. “Era la reina de la casa, mi abuela”, dice Encarnita, hija de Fillita. Pero antes le tocó cuidar de más familiares. Hemos de decir que a lo largo de nuestra charla, ella siempre se restaba méritos y se los añadía a los demás. De siempre tuvo tienda de comestibles, no cerraba ni los domingos y permanecía abierta durante todo el día: “!No pongas eso, a ver si me van a multar!” me dice graciosamente Fillita, por aquello de no respetar el horario comercial.

Ella cuidó a su tía Isabel, que vivía en la casa de al lado y no tenía hijos; pero además cuidó al marido de ésta (Juan Manuel), cuando su tía murió. Su hermana Remedios (y aquí cambia el gesto por el dolor que le produce recordar aquella desgracia) murió con 45 años, dejó viudo y dos hijos de 16, 14, y las niñas de 9 y 8 años. De todos se hace cargo ella. Además inculcó a sus sobrinos el cariño y respeto por su padre. Puede con todo: tienda, casa, familia…A las niñas de su hermana fallecida las cuidó como a sus propias hijas, o incluso más y mejor, si eso es posible; de su casa salieron para casarse y con sendas carreras hechas. “Mi madre lo daba todo por esos niños” nos dice Fillita (ya digo que esta mujer la generosidad la ha heredado), pero el trabajo era enteramente suyo.

“Fillita, ¿usted no salía de paseo, no se divertía?”, le pregunto. “Al cine de las cuatro (me contesta) y a la Feria iba con mis niñas. Pero poco, siempre tenía que trabajar”. A esto hay que añadir que, durante el tiempo que ha estado al frente del negocio, nunca ha discutido con nadie. Como su marido traía a diario tres panes y ella hacía embutidos, si llegaba alguien a su tienda que tenía necesidad, le daba pan y chorizo o “lo que pillaba”.

De manera que, dentro y fuera de la casa, es un ejemplo de generosidad y desprendimiento. Toda una vida dedicada a los demás. Ahora bien, hay que decir que la vida le ha compensado. Hoy vive felizmente con sus hijas que la cuidan y la adoran. “¿Usted está contenta con sus hijas” le pregunto “!Loca! [se apresura a contestarme] , con mis hijas, mis yernos y mis nietos y nietas. Mi Isabel Mª [su nieta] duerme todas las noches conmigo”. Nos alegramos, Fillita, de que en su vejez esté tan rodeada de cariño y atenciones. Se los merece.

CHARO CASTRO

Podría haber sido una artista de renombre y fama, pues canta de maravilla. Pero la vida no le presentó esa oportunidad. De todas formas nosotros, los loreños y loreñas, tenemos el privilegio de escucharla en las actuaciones (parroquiales, sobre todo) del Coro Nuestra Sra. de Setefilla.

Charo Castro Blanco es una mujer que vive entregada a su familia y cuidando a su madre de 97 años, que parece una virgencita de lo cuidada y limpia que la tiene. Rafaela Blanco (que así se llama la madre) a su vez cuidó de la suya y de su padre, además de una hermana viuda y sin hijos. Nos cuenta Charo que la vida de su madre fue muy sacrificada, pues tenían una casa muy grande, casa de las de entonces, que requerían tanto trabajo, y una familia extensa a la que cuidar. Fue, insistió, muy sacrificada.

“¿Has tenido alguna afición?”, le pregunto; “¡El cante, la canción española!” me contesta. Con 14 años cantó en el Cine Goya en una función benéfica. A los ensayos acudió Gracia Montes y le enseñó técnicas de expresión artística, es decir, a mover los brazos, a andar por el escenario, cosas, que por otro lado, nuestra paisana hace siempre con tanta maestría. Por entonces, nos cuenta Charo, Gracia vivía en Lora (en La Roda Arriba) pues estaba retirada de los escenarios. Para la citada función le prestó el traje que lució la cantante cuando estrenó “Será una rosa, será un clavel”. Así pues cuando ella cantó, Gracia, que se encontraba en la primera fila, no se cansaba de aplaudirle. Y no es de extrañar: pudo ser o, mejor dicho, es una artista excelente.

“¿Por qué no seguiste en ese mundo?” le pregunto, a lo que ella contesta con una voz queda, modulada como la de una soprano: “Porque no era mi destino, soy muy tímida y además mi padre era ‘rarillo’ para eso, pero no dio lugar a nada porque la ocasión no se presentó”.

En la actualidad, estudia Primero de Solfeo, y canta en el Coro, como arriba apuntaba. Apenas si tiene tiempo, pues debe cuidar de los suyos: primero fue de su padre que murió con 93 años y luego de su madre. Si falta una hora, deja al cuidado de su madre a su marido (Rafael Moya) que le sirve de inestimable ayuda. No puede apenas ausentarse de su casa, pero no le pesa en absoluto. “¿Te has planteado por qué llevas esta vida?” y ella contesta: “Todo lo que hago, lo hago de corazón, no me pesa. Sí lamento no haber estado en el nacimiento de mis nietos y nietas y luego haberlos disfrutado como todas las abuelas, sacándolos de paseo, etc, pero no me podía partir”. Apenas si ha tenido vacaciones: “En dos ocasiones estuve en Valencia, en la casa de mi hija y otra semana en Tarrasa, donde había vivido con anterioridad seis años”. Éstas han sido todas sus salidas, pero ella insiste en que no le pesa. “Yo le pido a Dios fuerzas y me las ha dado”

Dice que su madre siempre ha tenido obsesión con ella, que la ha querido mucho y ella, a su vez, también. Le habla casi en susurro. Nos dice “A veces le canturreo bajito y ella me dice ¡ole!”, pues OLE, te decimos nosotros también, Charo.