El Instituto de FP

Febrero 2nd, 2008

En el año 78 ingresé en el Instituto de Formación Profesional de Lora, lo que conocíamos más popularmente como “La Laborá” y otros más antiguos como “La Escuela de Maestría". Cambiar de la escuela a esto era como pasar de polluelo a pollo de la noche a la mañana. Yo no conocía casi a nadie cuando nos metieron a todos en el salón de actos para darnos una charla. ¡Qué distinto era todo a lo que yo había conocido!
Lo de la ratio sería un chiste, porque en mi clase éramos treinta y tantos alumnos (porque no cabían más), y en la de al lado eran más de cuarenta (tampoco cabían más).
Aprobé primero sin muchas dificultades. Recuerdo a maestros como D. Claudio (el temido Jefe de Estudios), D. Emilio Morilla (Director), Doña María (Lengua), D. Salustiano Gómez Álvarez (Mecanografía), y otros.
La cosa política estaba al rojo vivo. Entre el alumnado (y también entre algunos profesores) se distinguían los de la banderita de España en la correa del reloj (la mayoría partidaria de Fuerza Nueva). Otro grupo bien numeroso eran los anarquistas, con vestimentas muy informales y que pintaban su bandera rojinegra en lugares bastante visibles.
Con uno de esos profesores exageradamente politizado (no loreño), tropezaríamos más adelante algunos compañeros y yo, por lo que “decidió” suspendernos por el resto del curso. A una compañera la suspendió porque no quiso montarse con él a caballo en una romería, a otra por entrar hablando en clase, a mí supongo que por considerarme un revolucionario o algo parecido. Lo cierto es que del grupo de “condenados” no se salvó nadie, y todos tuvimos que repetir curso. Una vez, incluso, aseguró haber “perdido” mi examen y, por tanto, no podía aprobarme ni me dejaba repetirlo. Una joya este maestro.
Ese nuevo año fui elegido Delegado de Centro y las cosas cambiaron. La cuestión política había tomado unas dimensiones tan ilógicas como el intento de golpe de estado a cargo de Tejero. La sociedad comprobó que no era un juego eso de estar a un lado o al otro de la línea política, y tras el aborto de la intentona golpista muchos ánimos se apaciguaron, y desaparecieron las banderitas de las correas de los relojes.
Comenzamos a mejorar cosas en el Centro, tales como la calefacción ¡que no teníamos!. Nos pusimos en huelga y salimos en los medios de comunicación provinciales (Radio Minuto, El Correo de Andalucía, Radio Andalucía), hasta que nos pusieron unas estufas de leña donde calentábamos las tostadas y los choricitos por las mañanas. Más adelante las cambiarían por estufas de gas propano o no sé qué.
Tuvimos nuestra propia revista escolar. Y se nos censuró que a una señora importante no le habíamos puesto delante “doña” ¡La que se armó por eso!
Las revistas se escribían en clichés a máquina, se metían en una rotativa y se imprimían con una calidad tirando a regular. Pero nos entretenía bastante.
Cuando ya llegué a quinto curso (3º de FP 2 entonces), decidí dejar todas las responsabilidades que tenía en el Instituto y dedicarme de lleno a los estudios. Y en junio de 1984, justo a las puertas de la Feria Lora, aprobé mi último examen, lo que me otorgaba el título de Oficial Administrativo de la Rama Administrativa y Comercial.
Atrás quedaron muchos nombres: Félix de Las Navas y José María de Alcolea, ambos fallecieron en plenos estudios; Víctor Rufino, un profesor que vino de Canarias y que fue todo un referente en nuestra educación (aún lo conservamos como amigo); Don Alberto, un verdadero prodigio de las Matemáticas, la Física y la Química que llegó aquí como quien llega a un destierro; Lucio Poves, pasó casi de puntillas, hoy es periodista y trabaja en la Cadena Ser de Extremadura; Doña Victoria, profesora de Informática que fumaba Bisontes sin boquilla (¡qué distinta era aquella informática de la de hoy día!); Francisco Silva, Paco “el cura", quien nos enseñó un nuevo concepto de religión más cercano a la gente; Carmen, la niña de la que yo estaba enamorado; Juan, el profesor de Burgos que nos enseñaba a disfrutar del momento, Navarrito, el conserje más simpático y cordial del mundo, que anunciaba la hora de salida puerta a puerta; Reinoso, que pasó de alumno a conserje y ahora es nuestro Alcalde…
Tampoco puedo olvidarme de las fiestas de Navidad y Fin de Curso, de las excursiones a La Matallana el día de San Juan Bosco, las ligas tan interesantes de fútbol sala que organizábamos, los teatrillos inventados por nosotros mismos, las competiciones deportivas contra nuestros rivales de Bachillerato, los concursos literarios que yo casi siempre ganaba…
Mucho más podría escribir de mis vivencias en ese Instituto. Seis años de mis recuerdos se quedaron recorriendo sus pasillos…

La NAVIDAD

Enero 2nd, 2008

La Navidad nunca ha significado demasiado para mí. Tal vez sea porque muchas de ellas las pasé entre olivos en algún cortijo o algún pueblo extraño, donde los excesos y derroches no estaban permitidos y donde sobraba todo lujo.
Todo lo más, unos adornitos, una cajita de mantecados (de los auténticos de entonces, con su almanaque y todo) y una botellita de aguardiente. Era poco, sí, pero muy compartido.
Mi madre cada año por estas fechas se encerraba una noche en la cocina y amanecía con un lebrillo hasta arriba de roscos ¡Esos sí que eran dulces de verdad! Los roscos se daban a probar a las vecinas que, a falta de programas del corazón, entretenían sus horas en juzgar los de las demás y elogiar los suyos propios.
Para nosotros Papá Noél no era más que un tío gordo que salía en las películas americanas y en los tebeos, porque su oronda figura aún no se comercializaba tanto en la España de los sesenta.
A nosotros lo que sí nos motivaba eran los Reyes Magos. Como carrozas no había por nuestras calles (o yo no las recuerdo), nos conformábamos con verlos por la tele (el que tenía tele, claro) o con imaginárnoslos llegando de noche casa a casa dejando los juguetes.
Uno se esmeraba en escribirles una carta laaaarga, con infinidad de regalos de moda. Al final nos traían una sola cosa, y que no habíamos pedido. Una cartuchera con dos pistolas, un rifle, un burrito tirando de un carro, una bolsa llena de indios, una pelota de goma…
Alguna vez creo que los Reyes pasaron de largo y no dejaron ni carbón.
Y así terminaban las Navidades de mi niñez, con mucho frío, muchas heladas y a veces mucha agua (dicen que con Franco llovía más).
Ya de más mayor asistía a las fiestas de los amigos, con sus discos de vinilo a 45 rpm, sus bolas de espejos, sus luces de neón o sus cubatas de Licor 43. Confieso que esa época si me motivaban más las Navidades, pero no era sino por el ambiente juvenil en torno a un tocadiscos o una buena candela, donde se potenciaba la verdadera amistad y donde nacían y se rompían los noviazgos.
Al final la Navidad, sin el sentido de cristiandad, no deja de ser una fiesta al servicio del consumo y de la felicitación indiscriminada…