EL CINE, LOS CINES

Diciembre 15th, 2008

Me pide mi gran lector, y sin embargo amigo, Paulino Montes que escriba sobre “el Cine, los Cines” de Lora. No creo que sea yo el más indicado para traer recuerdos sobre el tema, pero al menos vamos a dar ese pequeño repaso a la Historia, según mi vivencia personal…
Si no me equivoco, la primera vez que pisé un cine sería a principios de los setenta. Mis hermanas mayores se habían echado por novios a dos hermanos malagueños, y fueron al cine. Y yo con ellos, como era preceptivo de la época. Me impresionó la enorme pantalla y el sonido y los colores del Cine Goya. La película era una del Oeste. Y no se me olvidará la escena en la que el ”malo” se acercaba a una charca envenenada para beber agua, levantó la cabeza y bajo su sombrero negro se reflejó una sonrisa siniestra que hizo brillar su diente de oro. Confieso que me asusté.
Ya de mayorcito iba con mis amigos los domingos por la tarde. Primero nos parábamos en la pastelería que había justo antes de entrar en la calle del Cine y nos comíamos un riquísimo pastel de merengue. A continuación nos metíamos en la cola para sacar la entrada, y de ahí a la cola para entrar cuando hubiese salido el turno de la sesión anterior. Ya he comentado alguna vez que esa cola podía llegar alguna tarde hasta el principio de la calle. Entrábamos y nos íbamos directos hacia la butaca. Nos ponían el No-Do con Franco inaugurando pantanos o el Real Madrid ganando copas, pero siempre con jazz o músicas militares de fondo. La chiquillería era impaciente y zapateaba y gritaba y silbaba ante cualquier parón de la cinta. Y siempre se le echaban las culpas a Joselillo “el bizco” que era el operador de cámara.
Ese era el cine de invierno. Pero para el verano teníamos más ofertas: el Cine de en medio (en la misma calle rastro) y el Cine Santa Ana (en la confluencia entre Marcos Orbaneja y Guadalora). En estos locales abiertos se estaba de maravilla cuando no existían los aires acondicionados. Uno se compraba un paquete de pipas o un cartucho de “chochitos” (altramuces) y un refresco o cerveza y se estaba en la gloria.
En el Cine de Enmedio nos metíamos en “el gallinero”, la parte más cercana a la pantalla. Era más barato, pero también más incómodo ya que no había sillas, sino bancos de cemento sin respaldo. Y encima había que mirar para arriba todo el rato. Aún así, también tenía su “aquél”, su parte de bonito. Tal vez porque allí íbamos los que menos dinero teníamos, que todo nos sabía mejor.
No puedo hablar del cine de Emilio Cano ni del más moderno Setefilla, ya que a ninguno de los dos fui nunca.
La pena es que Lora se quedara tan pronto sin su emblemático Teatro Cine Goya, y que se tarde lo que se está tardando en recuperarlo. Alguna generación de loreños no podrá recordar momentos como los que yo les he invitado a recordar hoy…

AÑO 1975

Noviembre 9th, 2008

Ese año cumplía yo los 13 y supuso un antes y un después no sólo en mi vida, sino en la vida de todos los españoles.
Mi madre compró el disco “Jesucristo Superstar” que Camilo Sesto había estrenado con notable éxito. Era uno de los galanes de la época, junto a Manolo Otero, el “Gustavo” de esa radionovela (“Lucecita”) que mi madre oía cada tarde mientras cosía y cosía, o cogía algodón, o aceitunas…
Aquél año cursaba yo quinto de EGB en San José de Calasanz, edificio aún dividido en dos partes: la de los niños y la de las niñas. En noviembre, sin saber aún la trascendencia de aquél acontecimiento, contemplaba cómo algunas mujeres rezaban y lloriqueaban en mi barrio a cuenta de la grave enfermedad que sufría Francisco Franco. Luego supe que los temores eran por lo que podría venir tras la muerte del dictador.
El día 20 fuimos al colegio, como cada mañana. Pero no nos dejaron entrar. Sólo algún niño podía ir a recoger las carteras (que entonces las dejábamos toda la semana en clase) para repartirlas entre sus dueños a la salida.
La verdad que los niños, sin saber de miedos políticos, nos tomamos el día como una fiesta, y jugamos al fútbol mientras nos lo permitieron.
Poníamos la tele con la esperanza de ver “La casa de la pradera” o “Kojac” o “Flecha negra”, o aquel “Directísimo” de José María Iñigo en el que los toreros Sebastián Palomo Linares y Paco Camino salieron a tortazos o Uri Geler doblaba las cucharillas… Pero lo único que daban aquél día eran marchas militares. Tampoco nos pusieron “Heidi”. Al menos nos consolábamos con cambiarnos las estampitas de esos dibujos animados y las de los futbolistas Cruyff, Amancio o Camacho en las esquinas.
En aquel año cualquier llano servía para improvisar un campo de fútbol, porque en Lora no había muchos coches. Los más eran SEAT 127. La gasolina entonces sólo costaba 24 pesetas el litro.
¿Quieren saber más precios del año 75? La barra de pan costaba entre 9 y 10 pesetas, el litro de leche 8 pesetas, un kilo de azúcar 36 pesetas, un litro de aceite de oliva 72 pesetas, una caña de cerveza 10 pesetas, un kilo de papas 7 pesetas…
Un periódico de tirada nacional (ABC, La Vanguardia, Ya, El Alcázar, Pueblo…) costaba 8 pesetas.
El salario mínimo era de 122.000 pesetas al año, pero en Andalucía 1 de cada 4 trabajadores estaba en paro y no ganaba ese sueldo, y jugaba a la primera Lotería del Niño para intentar conseguir su primer premio de 240 millones a la serie.
El Ayuntamiento loreño, que no pasaba por su mejor momento económico, se reuniría con carácter urgente y extraordinario para dar su último adiós al que había sido Jefe del Estado español durante las cuatro últimas décadas.
En Lora, 1975 fue el año en el que Blas Cosano entró en el Santuario de la Virgen de Setefilla, y en el que falleció Nicolás Montalbo Coronel dejando para uso de los fieles setefillanos los bajos de la que fuera su casa en el corazón de la Roda Arriba.
Cuando volvimos al colegio seguimos con el ritmo normal de las clases. Pero era evidente de que algo estaba cambiando. Los niños que se decían de izquierdas o de derechas ya lo aireaban sin pudor, cuando hasta entonces ni sabíamos qué significaba eso de ser de un lado o del otro.
La transición, y hasta el fracasado intento de golpe de Estado del 81, ya viviríamos marcados por una etiqueta política que nos diferenciaría miserablemente y rompería no pocas amistades…