LOS CALORES EN LA PISCINA MUNICIPAL

Agosto 2nd, 2009

Calor hacía antes el mismo que ahora, siempre ha hecho calor en los veranos de Andalucía. Pero antes que no había aparatos de aire, que los ventiladores removían los aires calientes, que la flama se adueñaba hasta del último rincón de la casa…, nos hacíamos mejor a las altas temperaturas con un búcaro de agua fresquita y un par de tajadas de sandía. Bueno, no sé si es que estábamos más acostumbrados al calor, o que no nos quedaba más remedio, porque yo hoy sería incapaz de conciliar el sueño sin el aire acondicionado…
La playa se quedaba para las películas de Manolo Escobar, que en Lora teníamos el arroyo Helecho, los canales de riego, el Charco del Infierno…, y la Piscina Municipal, nuevecita ella.
Allí nos íbamos la chavalería cada tarde a remojarnos. Yo, que entonces no sabía nadar (ahora sólo sé flotar), ni me acercaba “por lo hondo” (los cuatro metros, decíamos). Todo lo que no fuera tocar el suelo con los pies me producía terror.
Bien en el bañador o en la muñeca a modo de pulsera, nos colgábamos “la ficha”, que no era sino una pieza circular de plástico con un número grabado. Ese era el número de la percha del guardarropas donde se supone que estaba tu vestimenta de calle. Y digo “se supone” porque no pocas veces te daban al salir las ropas de otro, que ni te estaban bien ni te gustaban.
Nosotros, los chavales de mi quinta, no llevábamos más dinero que lo justo para la entrada, primero porque no se nos fuera a perder y segundo, y más contundente, porque no teníamos más. Por eso no nos podíamos permitir tomarnos un coca-cola, nos conformábamos con saciar la sed en la fuente del agua “del tiempo”.
Una vez fui con un amigo ¡Madre mía, qué hambre tenía yo ese día! El primo de este amigo mío le ofreció un bocadillo y un paquete de patatas. Mi amigo, ni corto ni perezoso los cogió y se los comió, y ni uno ni el otro me ofrecieron, con el hambre que yo estaba pasando nada más que de mirarlos comer como cerdos. La vergüenza me impedía atreverme a pedirles nada.
Habrán pasado ya más de treinta años, y los dos siguen siendo amigos míos. Nunca les he recordado aquél detalle, no merece la pena.
Pero me quedo con aquellas tantas tardes de baños al sol y descansos a la sombra, de los críos chapoteando en la piscina infantil, de los chavales haciéndose los “tarzanes” para llamar la atención de las muchachas casaderas, las madres disponiendo las tortillas de papas y los melones de la fiambrera, los papás (el que iba) fumando lejos de su señora comentando lo buena que está ésta o aquélla…
Al caer la tarde se desvanecía aquel oásis en mitad de la Avenida de la Cruz y la piscina se quedaba sola.
Como en los grandes acontecimientos, seguro que ahora ustedes refrescarán más de un recuerdo de aquellos días para combatir este calor…

MI AMIGO “COCOLISO”

Mayo 17th, 2009

Cuando éramos chiquititos tú y yo coincidimos en aquellas clases donde el retrato de Franco y el crucifijo colgaban vigilantes encima de la pizarra ¿Te acuerdas cómo nos pegaban los maestros cuando no nos sabíamos la lección o contraveníamos sus normas?
A principios de los ochenta volvimos a encontrarnos después de unos años apartados el uno del otro. Y nos unió una afición común: la radio. A ti, como te gustaba tanto experimentar con cables, te designaron “técnico de control”, y a mí locutor (aunque había un “mando” que decía que yo nunca serviría para ese medio, ¡qué cosas!). Durante un verano hacíamos un programa “de miedo”. Nosotros sí que pasábamos miedo contando historias que no sabíamos si alguien escuchaba al otro lado.
Tanto nos metimos en el papel de periodistas que seguimos las revueltas jornaleras del 83 y 84 poniendo incluso en riesgo nuestra integridad física. Pero disfrutábamos. ¿Te acuerdas cuando fuimos a Cantillana en autobús, el hambre que pasamos? ¿Y que cuando volvimos te habían robado la moto de la puerta de la biblioteca? Aparecería días después.
También estábamos metidos en el Club de Vídeo de Lora. Y una madrugada nos quedamos viendo videoclips musicales. Y nos enamoramos perdidamente de la escocesa Maggie Reilly (Mayi Rili), en una de las canciones de Mike Oldfield. ¿Te acuerdas que nos quedamos sin fuego e intentamos vanamente encender el Ducados en un radiador de aceite?
Nos gustaba la música. Una noche nos fuimos junto a las vías del tren con una litrona del Jumilla (aún no existía la “botellona”). Y cantábamos canciones de Triana. Nunca nuestras drogas fueron más allá del Ducados, la cerveza y la música.
¿Y te acuerdas de aquella Navidad en la que salimos sin un duro en el bolsillo? No pudimos entrar en la discoteca Zero (la que estaba de moda entonces). De vuelta en la moto para casa, tú viste un billete de 500 pesetas en el suelo, que parecía gritarnos “¡gastadme!”. Nos volvimos para la discoteca y allí estuvimos toda la noche. Por la mañana fuimos a desayunar al bar de La Portuguesa. Con lo que nos quedó de las 500 pesetas compramos algún recibo de lotería de la Virgen ¡y nos tocó el reintegro!
Con los años, tú te echaste novia. Yo me separé de la mía y regenté una discoteca en Tocina. Nos fuimos andando desde Los Rosales a Tocina y de Tocina a Rosales, charlando, haciendo planes de futuro y engordando el cuento de la lechera.
Luego nos dio por meternos a radioaficionados. Tú eras “Cocoliso” y yo “Delta5”. Descubrimos un mundo nuevo que nos proporcionó amigos anónimos en lugares remotos del planeta.
Yo rehice mi vida con mi novia. Nos casamos y nos fuimos a vivir muy cerca de tu piso. El segundo de mis hijos nació con problemas de salud, y más de una vez tuviste que coger tu coche para llevarnos al médico. Jamás pediste nada a cambio.
Por las cosas del destino me compré una casa cerca de Sevilla. Tú me insistías en ponerme la instalación de lámparas y luces. Quedamos un día de junio de 1993. La noche antes pasé por tu casa y Filli me dijo que aún no habías vuelto, que estábais terminando. Al día siguiente, mi madre me dijo que un chico de la calle Matallana se había matado con el tractor. Un frío punzante como alfileres recorrió mis venas (igual que ahora que lo rememoro). Corrí para tu casa. No había nadie. Pregunté a unas vecinas…, y me confirmaron la tragedia. Mi mujer y yo fuimos a casa de tus padres. Y no pude más. Me salí al patio, y lloré. Fuera, en la calle, me dejé caer sobre el capó del coche y me deshice en lágrimas. Ya no vería más a mi amigo Emilio, el Cocoliso, el Patito Feo, el hijo del Bailaor…
Desde entonces, creo que ningún primero de noviembre faltan mis flores en la tumba de mi padre, en la de mi hermano…, y en la de Emilio Osuna Carrera.