El Transporte de mi niñez

Enero 5th, 2007

Yo me acuerdo que, allá por los 60, ver pasar un camión, una “viajera” o un coche nuevo por el barrio San José, donde yo vivía, era todo un espectáculo para muchos vecinos poco habituados al transitar de las cuatro ruedas.
Eran tiempos en los que primaban las bicicletas en casi todas las casas. Era una herramienta de transporte tan normal como lo pueden ser hoy los turismos. Aquí, la marca era lo de menos. De hecho, una buena parte eran composiciones por piezas (una cadena por aquí, un sillín por allí…). Eso sí, el timbre, el faro y el portamaletas no faltaban.
Poco a poco se fueron imponiendo las motos: Lambreta, Bultaco, Mobilette, Puch, Vespa, Gilera, Ducati, Rieju, Sangla, Derby… Mi padre tenía una Guzzi con las marchas junto al depósito de gasolina. Y nuestro vecino Julián, una Montesa en la que no pocas veces me tuvo que llevar al médico de urgencia de madrugada.
Para ir a los médicos de Sevilla el tren más utilizado era el Ferrobús, que venía a sustituir a los antiguos vapores. Apenas superaba los 90 km. por hora.
Los coches que yo recuerdo rodar por el barrio de aquellos años sesenta eran, sobre todo, los SEAT 600 ("seíta") y poco más: el Dyane 6, el R4-L ("cuatro latas"), los poderosos Land Rover… El 2CV (Dos Caballos, también conocido como “La Pava"), era un coche muy económico y práctico. Tanto, que tuvo su versión en pequeño furgón, con el que, por ejemplo, los panaderos te llevaban el pan hasta la misma puerta de tu casa.
La basura era transportada en un carro tirado por mulos. En él se vertían directamente los cubos de residuos e iban camino de El Helecho, donde estaba la “estercolera". Y los turroneros vendían su mercancía por las calles con un carro de dos ruedas tirados por ellos mismos. Y algunos muebles eran transportados en triciclos con el cajón en la parte delantera.
También había algún tractor Barreiros, los clásicos John Deere, y los que conocíamos sólo por tractor Lam (creo que de Lamborghini).
La “viajera” (el autobús) era frecuente sólo en la época de la recolección de la aceituna. Cuando venían, se llevaban a muchas familias enteras hasta tierras de Jaén, de Córdoba o de Málaga. Algunos camiones las acompañaban cargados con los “chismes". Y el barrio se quedaba muy solo… Este, por su repercusión, será tema para un próximo artículo.
Supongo que los que son mayores que yo, con recuerdos más vivos por tanto que los míos, podrán apuntar detalles más precisos de estos medios de transportes de mi niñez. Pero, la verdad, yo he disfrutado mucho con este artículo…

El Patio del Colegio

Diciembre 18th, 2006

Los recuerdos sirven para llenar los vacíos que deja el presente.
Cada cual tiene su propia película de recuerdos. Quien los reitera puede caer en la consideración de “pesado". Pero quien los olvida podría cometer de nuevo los mismos errores de los que no llegó a aprender.
Con la proyección de mi película en blanco y negro, con algún amago de color, quiero iniciar esta serie de artículos en Loradelrío.net: “Yo me acuerdo…".
Yo me acuerdo que, contra la natura de la época, los niños y las niñas del colegio “Ramón y Cajal” compartíamos patio de recreo, no así clase (que cada sexo tenía la suya). Y digo bien “Ramón y Cajal", que era como se llamaba aquel colegio, dependiente de San José de Calasanz, que estaba en lo que luego fue Oficina de Empleo y hoy Centro Ocupacional de Minusválidos, frente a la Cruz de Caganche.
El mismo colegio donde rezábamos un Padrenuestro cada mañana.
Donde el retrato de Franco colgaba triunfal sobre la pizarra, como el ojo del Gran Hermano.
Donde los libros nos los vendían las propias “señoritas” (en los mapas aún venía El Sáhara como territorio español).
Donde teníamos que llevarnos una cantimplora para beber agua porque durante las clases no se nos estaba permitida la salida.
Donde no conocíamos la calefacción ni el aire acondicionado.
Donde las clases duraban todo el día, con un par de horas para el almuerzo.
Donde algunas madres les decían a las maestras “¡Si le tiene que pegá a mi niño pa que aprenda a leé, po le pega lo que haga farta!".
Donde no había Navidad que se descuidara la “voluntaria” botellita de regalo para la “señorita"…
Yo me acuerdo de un viaje que hicimos (creo que en el año 72) al Zoológico de Córdoba. Pagamos cinco duros cada niño (al cambio, ¡quince céntimos de ahora!). Mi querida madre me puso un pedazo de tortilla de espárragos (nunca lo olvidaré) que ni el intenso dolor de muelas que tenía pudo evitar que me la comiera.
Y ahí estuvimos hasta tercero de EGB. El cuarto curso ya lo hicimos en San José de Calasanz. ¡Qué miedo teníamos aquel día del traslado! Para nosotros, Calasanz era como una Universidad de capital ¡tan grande, con unos niños tan extraños…! Allí sí que el patio estaba dividido por una valla, un muro de Berlín que separaba a niños y niñas.
Aunque son muchos niños y niñas de entonces a los que jamás he vuelto a ver, sí que hay otros muchos a los que aún nos gusta recordar aquellos tiempos de nuestras primeras letra. Y cada conversación la empezamos igual: “Yo me acuerdo…".