La Radio

Agosto 21st, 2007

No voy a contar aquí la historia de Radio Lora, necesitaría demasiado tiempo para escribirla y demasiado espacio para plasmarla, pero sí aquella radiodifusión primera que llegó a mis sentidos…

En lo más ancestral de mi memoria guardo unas tardes de calor tórrido, yo jugando en el suelo de cemento de mi casa y mi madre cosiendo junto a la ventana oyendo la radionovela. No eran los diálogos de esas series lacrimógenas (Ama Rosa, Lucecita…) los que me llamaban la atención, sino los anuncios. Me gustaban los de los caramelos “Sugus” y “La Vaca que ríe", las cafeteras “Magefesa", zapatos “Gorila", refrescos “Mirinda", Jabón “Lagarto", papel higiénico “El Elefante", detergente “Gior” (un poco de pasta, basta…), Calmante Vitaminado, frigoríficos Kelvinator, televisores Telefunken, chorizos “Revilla", las patatas “Risi", gaseosa “La Revoltosa", chicles Bazoka, el “Cola Cao” con su inmortal canción del “negrito"… ¡Qué me gustaban! Cada publicidad tenía su melodía y se saboreaba el producto con cada estribillo.

Recuerdo los “partes” que escuchaba mi padre en Radio Nacional de España. Eran los Informativos de hoy, pero con la censura franquista al cuello del informador. A mi padre no le interesaban ni políticas ni religiones, sólo el tiempo que iba a hacer mañana para ver si iba a llover o pasaría mucho calor en el campo. Y los cupones de la ONCE (cosas que tiene la vida); a él le motivaba saber antes que los demás vecinos el número premiado, y hasta lo llegó a escribir (que de letras no sabía, pero de números algo entendía) en el lateral de la pared de mi casa.

Y me acuerdo de los cuentos que escuchaba cuando emigrábamos a la recogida de la aceituna. Con mucha dificultad, mi madre o mis hermanas mayores me sintonizaban Radio Cabra. Los cuentos eran como una verdadera película en mi mente. Gozaba con ellos, reía con ellos, y lloraba cuando había que llorar.

Más adelante, en la primera mitad de los setenta, escuchaba “La Voz del Guadalquivir” o “Radio Sevilla". “Los 40 principales” era un programa de Onda Media de los sábados por la tarde en el que los oyentes votaban por teléfono en cada emisora su canción favorita y al final se hacía una rueda por todas las emisoras y se sumaban los votos. Muy distinto al sistema de hoy, que depende de lo que inviertas tendrás un puesto más o menos privilegiado. Recuerdo con especial cariño canciones como “Otro ocupa mi lugar” de Miguel Gallardo, o “La estrella de David” de Juan Bau. Otro sistema de votación era al mediodía para elegir la “Canción del Verano": “La Ramona” de Fernando Esteso o “¿Qué pasa contigo, tío? de Los Golfos…, y Los Payos, Fórmula V, Albert Hamond, Los Diablos, Tony Ronald, Peret, Camilo Sesto…, la canción del mosquito, El Guateque, Los Pajaritos… ¡¡ufff, cuántos recuerdos…!!!

Yo tenía una libreta en la que apuntaba todas las canciones (libreta, es decir, el cuaderno con grapas, que los que tenían alambre eran “bloc"). Y otra donde anotaba las noticias más importantes que se producían. Una de las más impactantes que anoté, por su repercusión, fue el asesinato del presidente Carrero Blanco.

Había una emisora que se llamaba Radio ECCA que era educativa y formativa. Era como estar en la escuela, pero en la radio. La sintonizaba algunas veces, hasta que me aburrían tantos conceptos y tantas lecciones. Creo que entonces inventé el “radio zapping” sin mando.

Con el paso de los años, ya “enganchado” a la radio, me quedé en la SER con “La saga de los Porretas", las historias de miedo de los domingos por la noche, los deportes de José María García, o las madrugadas con El Loco de la Colina.

No había una tarde o una noche que no tuviera el aparato junto a mi almohada. Yo entonces ni sabía cómo eran unos auriculares.

A partir de julio del 83 seguí oyendo y viviendo la Radio, pero esta vez desde dentro, en las dos Radio Lora…, y presté mi voz a COPE Estepa, Radio Marisma, Radio 16, Radio Minuto, Onda Cero…

Si hubiese podido darle cuerpo, la Radio hubiese sido el gran amor de mi vida…

El Verano

Julio 4th, 2007

Este espacio sin duda me ayuda a exteriorizar unos recuerdos y vivencias que, de otra manera, tal vez quedarían en un segundo plano de la memoria.
Y ahora que tanto calor hace (y lo que te rondaré morena), se me ocurre que, lo más adecuado, es hablar del tiempo.
Los de mi generación hemos combatido los rigores del sol donde buenamente hemos podido. Así, por ejemplo, nos hemos aprovechado del agua de riego del canalillo que pasa por detrás del barrio de San José, o del canal “de los sifones” (que le decíamos), que es el más grande y que discurre ya a la entrada del Helecho. Eso sí, siempre había que estar vigilante que Emilio Campos ("el guarda der caná") no nos pillara en pleno baño.
Aún así, y con el cosquilleo del riesgo, en el canal grande nos llegamos a bañar familias enteras. ¡Y hay que ver cómo nos poníamos las rodillas y codos con el roce del cemento!
Aunque ahora parezca historia, había un arroyo que transcurría entre el barrio San José y la vía del ferrocarril (hoy ya desaparecido) y que en algunas épocas y en determinados puntos, ofrecía unas estupendas posibilidades de baño.
En aquellos tiempos también era muy común pegarse un chapuzón en el arroyo Helecho, tanto bajo el puente de la vía o de la carretera de Peñaflor, según si se prefería menos o más profundidad. El agua, recuerdo, era clara y fresca. Algunas familias iban preparadas para pasar el día entero en su orilla. En el lado de la vía teníamos una fuente de agua potable de la que decían que era de origen romano y que en su fondo había monedas de oro.
Por aquellas tierras alguna vez fuimos a la “emberca de Jeremías", de aguas exageradamente frías y con peces nadando a tu alrededor. Una higuera, además de sombra, nos daba brevas de buenísima calidad.
Algo más lejos estaba el “Charco del Infierno", que se llegó a convertir en todo un cachito de playa, con su chiringuito y todo. Los más atrevidos se tiraban desde el puente “romano", y alguno incluso se atrevía a sondear más allá, donde se decía que no había fondo y que se llegaba al mar. A mí esa leyenda me daba “yuyu".
Otro lugar habitual de baño era el propio río. Me acuerdo que algunos jóvenes se lanzaban en un flotador de neumático grande de tractor y se dejaban arrastrar por la caudalosa corriente. Visto ahora, aquello era jugarse la vida en cada baño.
Siempre nos quedaba, en cualquier caso, la Piscina Pública. Te daban tu ficha redonda de plástico y numerada del guardarropa, pero no eran pocas las veces que cuando llegabas a recoger tus pantalones resulta que alguien ya se los había llevado, o te daban otra prenda que no era la tuya y que, encima, no te quedaba bien. Y es que no debía ser fácil controlar a aquél gentío que nos juntábamos cada tarde en torno al agua.
Había otras piscinas, las privadas, pero esas eran sólo para “los señoritos". Sus ni eran más frías ni más húmedas que las nuestras, aunque el calor, desértico donde los hubiera, sí era el mismo para todos…