“LAS ARRIADAS”

Febrero 26th, 2010

He oído hablar de las “arriadas” en Lora de febrero de 1963, en las que las aguas del Churre se adentraron en el pueblo por la Alameda y por la Avenida del Castillo. La crisis de aquellos tiempos era pura penuria y necesidad. Para los afectados sería mucho más difícil salir adelante que a los perjudicados de hoy.
En la retina de mi niñez guardo la estampa del río muy crecido, inmensamente crecido. No sé qué año podría ser, pero no creo que fueran aquellas del 63 porque me pillarían con sólo meses de edad, y mi memoria no era tan precoz. Tuvo que ser, por tanto, otra riada también de la década de los Beatles.
En los setenta no he conocido inundaciones. Es que no me acuerdo siquiera de ningún año que lloviera a mares en Lora. Sí recuerdo un febrero imparablemente lluvioso, pero ese nos pilló en un cortijo lejano en la recogida de la aceituna.
Tras una larguísima sequía, en 1989 llovió en Lora lo que nunca he visto llover. Decían las estadísticas de aquél 21 de noviembre que cayeron casi cien litros por metro cuadrado en tan sólo dos horas, desde las siete a las nueve de la mañana. El Churre se salió de madre, le dio la mano al río y juntos se metieron en el pueblo por El Castillo y por la Alameda. Pero las deficientes canalizaciones hicieron que desde Los Pisos hasta el Barrio de San José todo fuese una inmensa laguna de, por lo menos, medio metro de agua. En la Avenida Antonio Machado saltaron por los aires las alcantarillas y el agua se elevaba a chorros sobre la carretera. Se cortaron todos los accesos de entrada y salida del pueblo, incluida la vía férrea. Familias enteras se refugiaron en el propio ayuntamiento ante la falta de lugar seguro donde cobijarse. Se suspendieron todas las clases en todos los colegios e institutos…. Para mal mayor, ese mismo día había dimitido el alcalde, Salvador Caro Muñoz, y a Juan Manuel Cumplido López le tocó lidiar todos los toros bravos de ese día, que no sólo fueron las aguas. Hubo más…
Pasados los años, y tras otra fortísima sequía, en los inviernos del 95 al 96 y del 96 al 97 volvió la lluvia a causar no pocos estragos en la población loreña. Calles anegadas, familias evacuadas, campos destrozados… Y Lora viéndose tristemente retratada en todos los telediarios con el agua al cuello.
El nuevo siglo nos ha traído esta nueva tormenta de 2010, la misma estampa repetida de mi niñez con el río inmensamente crecido besando el vetusto Puente de Hierro.
No soy adivino ni pretendo serlo. Pero mucho me temo que, estando donde estamos, tarde o temprano las “arriadas” volverán a sacudir nuestras calles, nuestras casas y nuestros campos…

BARES, QUÉ LUGARES…

Octubre 31st, 2009

Muchas cosas hay en Lora. Pero bares…, yo creo que hubo un momento en que debería haber un bar por cada diez habitantes, por lo menos. Pero lo mejor de todo, es que la oferta era tan rica, variada y singular, que ha perdurado hoy en la memoria, al menos en la mía…
Lo primero que se me viene al recuerdo del paladar era aquella ración de calamares rebozados del Bar Jardín (o “Jardinito”, como lo llamaban algunos). En ocasiones muy especiales, como cuando mi padre regresaba de la vendimia en Francia, nos íbamos toda la familia a degustar ese exquisito pescado, tan bien preparado y de mejor sabor. Jamás he vuelto a probar en ningún otro lugar unos calamares como aquellos…
Otra tapa destacada era la ensaladilla de La Portuguesa. Algo tenía que diferenciaba su sabor del resto de ensaladillas rusas, que ni en Rusia las hacían tan ricas.
Como los boquerones en adobo del Jumilla. Josefa le daba su toque personal para que se distinguieran de todos los boquerones en adobo del mundo. También su ensaladilla era muy buena.
¿Y qué me dicen de los caracoles, tan valorados en nuestro pueblo? Nunca me han gustado, tal vez por eso de comerse una babosa, pero no puedo negar que me embriagaba el olor de ese caldillo. Oía yo de los entendidos caracolistas que los del bar Pepito y los del Avellana eran de los mejores.
De serranitos yo me quedaría con los que se servían en el Mesón Casa Redonda. Picadillos de tomate, los del Corral de la Pacheca y los del Bar de Miguel “el de Las Pesas” en la calle San Sebastián. En esa misma calle estaba también el Soria (frente al cine); ahí nos tomábamos los chavales un vaso de Casera negra antes de entrar a ver la película (era más barata que la Coca Cola y sabía más o menos igual).
Para caseras, las comidas de María en el antiguo Restaurante Mesa.
Una cervecita con embrujo, en la Cantina de la vieja Estación, viendo llegar y partir los trenes antes de que la tecnología les robara el alma. Por allí cerca también estaba El Tranvía. De sus especialidades yo me quedaba con su “choricito al infierno”.
Y para vinos: el Montilla en la Roda Arriba, el Taurino frente al ayuntamiento, y el Toro en la Roda de Enmedio…
Se me quedan, sin duda, muchos otros bares y lugares que, aunque ya cerrados, dejaron su impronta en el paladar de muchos loreños y no pocos foráneos.
Eran tiempos en los que salir a tapear con amigos y familiares era todo un feliz acontecimiento. Las tertulias de barras y terrazas le daban una exquisitez añadida a las tapas y bebidas de aquella Lora con encanto…