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AQUELLAS
PUTAS DE LORA
Por Juan Cervera Sanchís
Entre los recuerdos de mi infancia y adolescencia, en Lora, tengo
muy presente, aunque parezca raro, el de las putas. Las putas,
al inicio de nuestra pubertad, adquirieron un imperioso protagonismo.
Tenían para nosotros una aureola fantástica y cuando
oíamos hablar a algunos adultos de las casas de putas,
había en Lora varias muy famosas, ardíamos en deseos
de conocerlas.
La verdad es que desde muy joven las conocimos y fue para nosotros
un tanto fabuloso. Las casas de putas eran lugares muy divertidos,
tenían la magia de lo prohibido y un cierto aire de libertad,
aunque en realidad, como ocurre con el alcohol y las drogas, fueran,
en el fondo de la cuestión, un espejismo más, de
tantos con los que la vida suele jugar con nosotros.
No obstante, en aquel círculo cerrado de aquella Lora,
donde masturbarse era pecado, según los curas, al parecer
enemistados con la alegría natural de la vida, las putas,
contra los prejuicios imperantes en aquella sombría sociedad,
representaban la libérrima alegría de vivir y, en
cierta manera, eran las verdaderas enviadas de Dios, es decir,
del verdadero Dios, el creador de la vida con todas sus consecuencias.
Desde entonces experimenté una simpatía y respeto
especial por las putas, pues hasta donde las conocí y las
conozco, me merecieron siempre un profundo respeto. Sin duda mucho
más respeto que el que podía sentir por los curas
o los guardias civiles.
Es por eso que después de tantos años transcurridos
me he propuesto aquí y ahora rendirles un homenaje a aquellas
putas de Lora, a las que pocos recordarán, ya que yo sepa
no tienen una calle o una plazoleta a su nombre y menos una estatua
en nuestro querido y entrañable pueblo: Lora del Río.
Tampoco recuerdo que nuestros historiadores hayan escrito sobre
ellas. Ellas, nuestras notables y preciosas putas, permanecen
en los subterráneos del olvido, lo que no es justo.
Vivas en mi memoria, contra quienes por nada del mundo quisieran
recordarlas, permítanme a mí, ya que hoy sí
hay libertad de expresión y de pluma en nuestro pueblo,
eso quiero creer, al igual que en toda España, recordar
a algunas de aquellas putas y las casas en que trabajaron y regentaron.
Entre ellas, se me viene a la memoria, hablando de regentas La
Vicentilla, una dama de tez morena, vivaracha, y de regio carácter,
dueña del Bar Candil, que se encontraba a la salida de
Lora por la carretera de Alcolea.
El Bar Candil era un lugar divertido, donde había siempre
una docena de amables muchachas y, a más de poder departir
con ellas un botellín de aguardiente, se podía bailar
una pieza musical bajo las notas del acordeón de El Sándalo,
el músico del planta y protegido de La Vicentilla, a la
que yo le doy desde ahora el título de Doña,
pues poseía, en puridad a la verdad, valiosos dones humanos.
Otra casa de putas, y de mayor categoría que El Bar Candil,
era la de La Pizota, una matrona de piel blanca y sonrosada, y
algo pasada de peso.
Esta casa, como la de La Bizca, y la de Mercedes estaban en El
Llano, frente a la vía del ferrocarril. La Bizca era muy
alegre y de trato cordialísimo. Mercedes, blanca como el
armiño y de pelo rubio como el trigo maduro, era un alma
bella.
Con ella se podía hablar de las cosas de la vida y del
arte. Gran señora, en verdad, rebosaba sentimiento y finura.
Cantaba desgarradoramente por soleares. Era una artista, en el
sentido esencial de la palabra, no como hoy que se le llama artista
a cualquiera, en desprestigio de tan hermosa vocablo.
Mercedes grabó en mi mente la letra de un cante, por soleares,
que jamás escuché cantar a nadie si no a ella y
que jamás podré olvidar. Dice:
"Entoavía guarda mi cama/ el joyito que ella dejó,/
la jorquiyita de su pelo/ y er peine que la peinó"
Desde la primera vez que la escuché cantar me estremecí
de pies a cabeza y creció mi respeto y admiración
por ella y, en general, por las putas, aquellas mujeres, obligadas
por los avatares de la vida, a ejercer una profesión, que
nada tenía, ni tiene, de vocacional, sino más bien
de encerrona fatalista, para la que había que tener una
voluntad de hierro y mucho más valor y arte que el más
grande los toreros, aunque sin la recompensa económica
y gloriosa que esta otra profesión tiene para quienes la
ejercen con arte y valor.
Las putas jamás cortarán las orejas de los animales
que lidian y mucho menos las patas y el rabo o las "pichas"
de su variopinta clientela. Nunca pues contarán con un
público que les brinde sus óles y el frenesí
de sus aplausos.
Me acuerdo con el corazón en los labios, y rebosante de
gratitud, de aquellas putas de Lora, aunque muy pocas de ellas
eran loreñas, ya que la putería tenía, y
sigue teniendo, en todas partes, un aire de extranjería
y cosmopolitismo globalizador en su desenraizadas y sufridas entrañas.
Vaya aquí y ahora, aunque tarde y a destiempo, este humilde
y breve homenaje inesperado, pero más que merecido, a aquellas
putas de Lora, que olían a dolor y resaca de posguerra
y a dictadura inmisericorde.
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